LA TRÁGICA NO INAUGURACIÓN DEL REFUGIO DE LA RENCLUSA CUMPLE CIEN AÑOS

José Sayó frente al recién construido refugio de la Renclusa


Aquel 17 de julio de 1916 José Sayó, más conocido como “Pepe el de Llausia”, vació con cuidado el agua del gran recipiente en la orilla del lago de Paderna. Lo había subido desde la Renclusa con treinta y ocho alevines de trucha que se dispersaron desorientados. Hacía día y medio que, por iniciativa del Centre Excursionista de Catalunya, habían salido cuatrocientas crías desde Olot pero sólo esas pocas llegaron a su destino.
No sabía si la pesca de la trucha sería buen reclamo para los viajeros; la caza del sarrio sí. Pero, cada vez más, quienes se acercaban hasta la cabaña que regentaba con Trinidad, su mujer, lo hacían para subir al Aneto.

Desayuno en el viejo refugio de la Renclusa
Renclusa significa “abrigo bajo la roca” y ya desde el siglo XVIII se habla de él, “ennegrecido por el humo”. Como tantos otros los pastores lo usaban en época estival, pero también servía de cobijo para los pocos montañeros que se acercaban al macizo montañoso tras las primeras ascensiones a la Maladeta (1817) y al Aneto (1842).
Desde 1870 el benasqués Sebastián Mora se hizo cargo de él y lo convirtió en un rudimentario refugio durante más de treinta años. Su sobrino José Sayó tomó el relevo en 1907.
Para entonces la afluencia de pirineistas se había incrementado y ya no solo eran franceses que venían desde Luchón, sino también catalanes, sobre todo desde que la nueva carretera había abierto al exterior el valle de Benasque por el congosto de Ventamillo.
José Sayó guió a muchos de ellos, Busquets, Juncadella, Barloque… pero trabó especial amistad con Juli Soler Santaló con quién hizo la primera ascensión nacional al Posets por la Paul.
Pronto vio la necesidad de mejorar el alojamiento de la Renclusa con la construcción de un refugio de verdad, como los que ya existían en la vertiente francesa. El ingeniero Soler pensó que el C.E.C. –que ya tenía uno en Ulldeter- podría costearlo si el ayuntamiento de Benasque cedía el terreno y los materiales.

Dicho y hecho. En 1912 comenzaron las obras bajo la supervisión de Soler Santaló que había diseñado los planos y de Sayó que sería el arrendatario. 450 metros cuadrados en tres plantas más bodega era mucho más que la vieja cabaña. Necesitaría ayuda para sacarlo adelante porque la concesión duraba 29 años y ya no era joven. Afortunadamente contaba con Trinidad, su mujer, y sus dos hijas. Además Teresa se había casado con Antonio Abadías que sería de gran ayuda.
La obra marchó a buen ritmo y dos veranos después estaba prácticamente terminada. Sin embargo la muerte inesperada de Soler Santaló retrasó la apertura oficial hasta el verano de 1916.
Se aprovechó mientras tanto para acondicionar la explanada de la entrada y para construir una pequeña capilla excavada en la roca que había dado nombre al refugio.

Construcción del nuevo refugio
Pero mucho habían cambiado las cosas. La afluencia de montañeros desde Francia por el puerto de Benasque se había reducido drásticamente debido a la Gran Guerra que ya iba para su segundo año y una gran crisis económica se cernía sobre nuestro país pese a su neutralidad. Francisco Cabellud, que tenía su propia cabaña bajo el puerto, no contemplaba el futuro con optimismo; la guerra acabaría, sí, pero el nuevo refugio que veía construir en la ladera de enfrente arruinaría el suyo.
Sayó seguía con su trabajo de guía y en 1915 colocaba en la cumbre del Aneto el primer libro de registro. Ese mismo año, el nacimiento de José lo convertía en abuelo. Ya estaba más tranquilo.

Al bajar del lago de Paderna comprobó una vez más que, pese a esos dos veranos extras, al final el tiempo se echaba encima y todo eran prisas: los últimos muebles, los retoques de pintura, los remates de albañilería, los mulos con las provisiones… porque la inauguración oficial se había fijado para el 5 de agosto y estaban convocadas numerosas autoridades y personalidades de España y Francia.
Pero también reinaba el optimismo en el futuro y se fantaseaba incluso con construir otro refugio en el mismísimo collado de Coronas a 3200 de altura, a una hora de la cima.

El día 25 de julio de 1916 llegaron desde el valle de Arán dos montañeros alemanes con la intención de subir al Aneto. Adolf Blass y Eduard Kröger residían en Barcelona y eran socios del C.E.C., pero en los tiempos que corrían el  encuentro con montañeros franceses que pudieran llegar y los recelos de los españoles en gran medida francófilos no auguraban nada bueno. La tensión resultaba evidente.
No tenían guía y Sayó se ofreció pronto a acompañarles. Cuanto antes marcharan mejor. El conocido cura montañero Jaume Oliveras, que andaba por allí vigilando la construcción de “su capilla” de la Virgen de las Nieves, también subiría con un amigo.
El jueves 27, Sayó y sus dos clientes salieron a las cinco de la mañana. Oliveras se retrasó esperando a su amigo que al final desistió. Se juntaron todos en el Portillón Superior y en un día aceptablemente bueno alcanzaron la cumbre sin contratiempos.
Debió costar mucho subir los más de cien kilos de Blass hasta allí. Pero Sayó era paciente y seguro utilizó su conocido recurso de “estoy cansado, vamos a parar un poco” salvaguardando el orgullo de su cliente y sus menguadas fuerzas. También debió ser persuasivo en el estrecho paso de Mahoma para que el corpulento alemán cruzara sin encordar; y realista. En un intento anterior se había dado allí la vuelta. Conocía la montaña como nadie, pero lo que  no podía saber era que el observatorio meteorológico de Viella estaba registrando una violenta caída de la presión.
Mientras comían algo, las nubes los envolvieron. Al abrir el libro de cumbre para firmar, el granizo comenzó a golpear sus páginas;  la petaca de latón emitía destellos azulados y un zumbido de abejas escapaba de las puntas de las rocas. El estruendo del primer rayo no tardó en llegar aunque para entonces Sayó ya había organizado la retirada.
Oliveras y Kröger cruzaron el Paso de Mahoma los primeros. La tormenta se había desatado y las descargas les zarandeaban en la antecima mientras esperaban que llegaran sus compañeros. Era como los bombardeos que describían los corresponsales de guerra. Un rayo tronó especialmente cerca. Esperaron en vano y aprovechando una tregua, Oliveras volvió. Al comienzo del Paso vio los cuerpos de sus dos compañeros caídos sobre una repisa, veinte metros más abajo en la vertiente de Vallibierna. Descendió como pudo y comprobó que ya estaban muertos abrasados por el rayo.
Aterrorizado y con la tormenta volviendo, regresó junto a Kröger, le ocultó la desgracia y, encordándolo de nuevo, cruzaron el glaciar a toda prisa. Solo al llegar a las primeras pedreras le dijo la verdad.

Cabaña de Cabellud, bajo el Puerto de Benasque y frente al Aneto


En la Renclusa la noticia dejó a todos consternados. Muchos volvieron al valle de inmediato, Trinidad y su hija se encerraron en su cuarto, nadie sabía cómo organizar la bajada de los cuerpos y el tiempo seguía muy malo. Al final un grupo de rescate subió desde Benasque. El 28 y 29 siguió el temporal. El día 30 salieron hacia arriba pero no pasaron del collado de Coronas. El 31 por fin se consiguió llegar hasta los cadáveres cubiertos por la nieve. Los bajaron por el glaciar en improvisados trineos y al llegar a la pedrera los guías José Delmás y Daniel Mora se los cargaron a la espalda.

Hasta aquí los hechos que colocaron al Aneto en el listado de malas montañas, y a José Sayó en el pedestal de los guías clásicos muertos en el ejercicio de su oficio. El mismo inmerecido pedestal que antes tuvo Barrau muerto en la montaña maldita por excelencia, la Maladeta.

Paso de Mahoma desde la antecima del Aneto
La prevista inauguración de la Renclusa se pospuso definitivamente pero su funcionamiento como refugio quedó garantizado al hacerse cargo el yerno de Sayó, Antonio Abadías. El cura Oliveras, uno de los supervivientes, colocó al año siguiente una pequeña cruz de hierro en el lugar exacto del accidente. Después marchó a las misiones a Venezuela.
Sin embargo, el halo de la desgracia que en aquellos años rodeó la montaña hizo que las ascensiones al Aneto no se incrementaron al ritmo que muchos habían previsto. Según aquel primer libro de cumbre, desde 1915 a 1919 sólo subieron 146 españoles y 104 extranjeros; cincuenta personas cada temporada no es mucho.

Pero pasó la primera guerra mundial, pasó la gripe española del 18 y Abadías, el nuevo guarda del refugio, tomó también el relevo de su suegro en la tarea de guiar clientes, especializándose en la que será “su montaña” y a la que subió, dicen, más de cuatrocientas veces; le llamaban “el león del Aneto”.
En 1926 su hijo, José Abadías Sayó, subió con él a la cumbre. Tenía diez años. La montaña empezó a recuperar  la fama de asequible y bondadosa. Solo había que darse un buen madrugón cuando el guarda despertaba a todo el mundo a las cinco de la mañana al grito de “¡Aneto, Aneto!”

El actual refugio ampliado
Antonio Lafón, el guarda actual, sí pudo vivir una auténtica inauguración cuando el 30 de septiembre de 2006 se amplió el refugio. Este verano está prevista otra, la del refugio de Llauset en la vertiente oriental  del macizo.
Calcula Antonio que pueden subir al Aneto más de 7000 personas al año, pero la montaña ya no es lo que era. Muchos no pernoctan en la Renclusa al llegar la carretera hasta la Besurta a poco más de media hora, el glaciar ha menguado mucho desde finales del siglo pasado, las previsiones meteorológicas son muy precisas, los equipos son inmejorables… pero todos los años hay accidentes (en zapatillas, sin ropa de abrigo, sin crampones ni piolet, a horas intempestivas, con el perro…) porque “debiéndose perder el miedo a la montaña se le ha perdido también el respeto”.
Ninguno de los guías clásicos se lo perdió. Pero el único al que recordamos por su trágica muerte es a José Sayó, “Pepe el de Llausia”. Hace cien años. Muchos otros de su misma época también guiaron clientes a las cumbres porque el pastoreo y la ganadería daban para poco, pero murieron a su debido tiempo y nadie se acuerda de ellos. También merecen estar aquí. Conocemos el nombre de algunos: Tomás Sierco, José Gistaín, Francisco Mora, Francisco Cabellud, Mariano Torrente, José Mir, Antonio Lobera, José Delmás, Daniel Mora…
Con ellos terminó la época clásica del pirineismo, lejana, romántica y un poco ampulosa para nosotros, como los versos de Verdaguer grabados en 1916 en la placa conmemorativa que hay en la recepción del refugio de la Renclusa.


"¡Qué horribles gritos tuvo que arrojar las tierra alumbrando a tan temprana edad esta sierra!
¡Qué días pataleando y noches de gimotear para sacar al puro sol estas montañas de lo profundo de sus cráteres y entrañas como olas de la mar!"