TRINCHERAS EN EL HIELO, CABLES EN LAS ROCAS



"Gran cruz", en el Sentiero degli Alpini, Sesto
Los Dolomitas son las montañas más hermosas del mundo. Las que cualquier niño dibujaría erizadas de picos imposibles sin haberlas visto nunca; afiladas como las puntas de sus lápices de colores Alpino, por supuesto. Quién las ha visto, aunque solo sea una vez, no puede olvidarlas nunca; sus aldeas perdidas en bosques encantados, sus cimas brumosas sobre los prados… Lavaredo, Civetta…También, no nos engañemos, sus teleféricos atestando de gente las alturas, su turismo escandalosamente elitista, sus pistas de esquí cruzando las laderas como cicatrices… Madonna, Cortina…Pese a todo son las montañas ideales porque, ni desmesuradas, ni altísimas, ni inhumanas, no nos apabullan. Son contenidas como un templo clásico. Por eso son el paraíso de los estetas de la montaña, sean sensibles paseantes o escaladores finos. Además, lo son para la práctica de una de las modalidades más en expansión de los llamados deportes de naturaleza: las vías ferratas.

Pero algunos de sus glaciares han empezado a arrojar cadáveres. 

Sea por su lento y natural desplazamiento o por su deshielo acelerado debido al calentamiento global, lo cierto es que en los últimos meses van dejando al descubierto las momias congeladas de soldados muertos durante la Gran Guerra, ahora hace un siglo. Una nota macabra para esta efeméride que tuvo en los Dolomitas uno de sus escenarios más dramáticos. Drama, que además está en el origen de esa popular y divertida forma de recorrer las montañas por caminos de vértigo gracias a escalones, cables y pasarelas.

FANN

Montañas en la Ruta de la Seda - II




Las montañas Fann de Tajikistán no pueden competir  con otras de la misma cordillera Pamir-Alai ni en altura ni en dificultad: el Ismail Samani, antiguo pìco Comunismo, con 7.495 m. tiene dimensión himaláyica y el conjunto de catedrales de roca de Aksu-Karavshin recuerda a las mismísimas torres patagónicas.
Pero para qué nos vamos a engañar si muchos de nosotros, que planeamos viajes a montañas lejanas, ya no somos ni tan jóvenes para las unas ni nunca hemos sido tan buenos para las otras. Sin embargo, qué importa cuando las montañas son sólo una buena excusa para emprender el viaje. Y estas montañas lo merecen. Merecen viajar a Tajikistán tras el embrujo de su nombre, Fann, tan susurrante e hipnótico,  para escalar nuestra Roca Sogdiana como los soldados de Alejandro y tal vez capturar a la bella Roxana, para patear las polvorientas ruinas de barro de Pendjikent, el asentamiento más antiguo de  Asia central. Merecen cruzar luego al vecino Uzbekistán en busca de una Samarkanda inexistente, cuya magia sólo resuena entre los azulejos de la plaza del Registán, para ir después un poco más allá a la deslumbrante Bukhara de las cúpulas como cebollas de cristal, y aún más, siguiendo la Ruta de la Seda, atravesar en taxi el desierto de Kyzyl Kum hasta el oasis de la amurallada Khiva.

RELEYENDO A HERZOG


Diario del Annapurna

Cuando el mundo era mucho más grande y nosotros mucho más jóvenes, cuando para cruzar al otro lado de los Pirineos necesitábamos el pasaporte y nuestro coche la carta verde, cuando nunca íbamos más allá de los Alpes, la única forma de llegar más lejos y más alto era entre las tapas amarillas de los libros de la Editorial Juventud: con sir John Hunt al Everest, a los reinos prohibidos de Mustang y Zanskar con Michel Peissel o al Annapurna primer ochomil con Maurice Herzog…
…Este que ahora estoy releyendo en Nepal, en el paraje que se llama Tilicho High Camp bajo la Gran Barrera, a más de 4000 m, que no es mucho en el Himalaya, justo donde el autor pasó un apurado vivac tratando de encontrar el camino hacia una montaña que ni siquiera sabía dónde estaba.

“…estoy perdido en plena montaña, mojado, rendido y hambriento. (¿Tendré ánimo suficiente para levantarme y subir los últimos 500 metros?)… El viento, insidioso, se desliza por las más pequeñas aberturas de mis ropas. La nieve empieza a caer.”

En Tilicho High Camp
Levanto la mirada y también nieva… al otro lado de los cristales del lodge. Los yaks, espolvoreadas sus greñas de blanco, pastan indiferentes.
Hemos subido desde Manang, que Herzog llama Manangbhot, y que imaginó como un paraíso después de días de calor, hambre y sed y resultó un lugar miserable.

“…Unos chiquillos harapientos, negros de suciedad, corren hacia nosotros. Es la primera vez que ven hombres blancos y nos contemplan con curiosidad. ¡Somos apariciones de la montaña! No pueden imaginarse que vengamos del otro lado de la cordillera, ya que ni siquiera saben que exista ese otro lado…”

Llevamos cinco días remontando el valle del Margyandy Khola procurando evitar con rodeos la pista abierta hace unos años y que llega hasta las mismas puertas de Manang. No podemos evitar oír el pedorreo de las moto-taxis. Todo son allí albergues y tiendas para trekkers. El Manaslu (8.156 m .) ha vigilado nuestra caminata bajo los Annapurnas, primero el II, luego el IV y el III. ¿Dónde está el Annapurna I (8.091 m.), el que Herzog buscaba en 1950?

“…-Al menos sabemos que no es por aquí.
     -Debemos marchar a toda prisa… -afirma Rebuffat
     -Hay pocos víveres. Toma lo que queda y vete con Panzi a Muktinath por el
      Thorong La…”

Mañana, de regreso del lago Tilicho, tomaremos ese mismo camino hacia el paso Thorong (5.416 m.) para completar lo que queda del circuito de los Annapurnas bajando a Kagbeni en el alto valle del Kali Gandaki, puerta de entrada al reino de Mustang. Dicen que al otro lado veremos el filo del Dhaulagiri (8.167 m.) emergiendo como una cuchilla.
Pero eso será dentro de unos días.

Nota: El Annapurna I no se ve.
          El Himalaya, pese a todo, está resplandeciente.

LA MONTAÑA DEL DOLOR


“Y el día 17 del séptimo mes, el arca se posó sobre las montañas de Ararat.”
Génesis, 8 : 4


La llanura de Dogubayazit desde el palacio de Ishak Pashá

Han traído por sorpresa a la habitación del hotel una bandeja repleta de todo tipo de frutas troceadas: sandía, melocotón, pera, albaricoque... Gentileza del amigo Fettah Sedef, dueño, gerente y primer trabajador del hotel Ararat en la ciudad fronteriza de Dogubayazit.
Me pregunto de dónde han salido tan maduras y sabrosas en medio del altiplano de Anatolia oriental, seco como un hueso desde que bajaron hace mucho las aguas del Diluvio.
Porque quienes llegamos desde Europa a este rincón de la actual Turquía, frontera incómoda con Irán, Armenia y Azerbaiján, lo hacemos sólo por la montaña de 5136 m. de altura que da nombre al hotel y sobre la que se posó el Arca de Noé según la tradición bíblica.

El Ararat con su penacho de nubes desde la aldea kurda de Elikoy

Parece mentira que esta desolada región amenazada de volcanes y batida por seísmos forme parte de lo que los antiguos griegos llamaron Creciente Fértil, la media luna que arranca de Egipto y termina en Mesopotamia: el solar de la revolución neolítica y de las primeras grandes civilizaciones, la encrucijada histórica de los pueblos indoeuropeos y la puerta a Europa de la ruta de la seda, el Kurdistán soñado por el mayor pueblo del mundo sin estado propio. Aquí nace el Murat-Su que sólo es aún un hilo de agua pero pronto se convertirá en uno de los ríos más famosos del mundo: el Éufrates.
Mirando al norte, a apenas una docena de kilómetros, puede verse de refilón el cono volcánico del Agri Dagi, que es como aquí llaman al Ararat y que significa la Montaña del Dolor. Podría verse el casquete helado de su cima y los glaciares descolgándose por sus inmensas laderas de basalto. Pero hoy tampoco, porque es muy frecuente que esta mole que sobresale casi 4000 m. sobre la llanura circundante, quede oculta al condensar en torno suyo todas las nubes de la región. Luego las ordeñará a conciencia en las nieves de su cima; sólo allí.

La montaña desde la terraza del hotel

Para ascenderlo bastan cinco días. Y partir el día de cumbre a la una de la madrugada desde el último campamento con la vana esperanza de un amanecer despejado. Arriba sólo hay nubes, nieve, viento y frío. Y una bandera turca.

UNA GUERRA EN EL TECHO DEL MUNDO

Llegando a la cumbre del Kang Yatze, 6125 m. (Valle de Markha, Ladakh)


En Leh, capital de Ladakh (India), conviven dos ciudades bien distintas: la una colorista, con sus habitantes locales budistas de etnia tibetana, que bulle en torno a los mercados, los monasterios y las stupas; la otra verde camuflaje de los militares hindúes venidos del sur y acuartelados en las afueras.

En nuestro viaje del verano de 2011, nada más bajar del avión en el aeropuerto Kushok Bakula Rinpoche empezamos a captar la singularidad de la región. Dos semanas después, a nuestro regreso tras visitar monasterios, recorrer valles y ascender alguna cumbre, volvíamos cargados de recuerdos y preguntas: ¿por qué desde la independencia india hasta los años setenta Ladakh ha permanecido cerrado a los extranjeros? ¿por qué todavía lo están algunos de sus valles? ¿por qué se construyeron dos carreteras imposibles, desde Kargil y desde Manali, intransitables y cerradas la mayor parte del año por la nieve? ¿por qué la primera que viene de la frontera con Pakistán no se pavimenta pero sí es tan ancha como la envergadura  del tanque T-72? ¿por qué desde Leh parte hacia el norte, hasta el recóndito valle de Nubra, la carretera más alta del mundo por el paso Kardhung La a 5600 m.? ¿por qué se precisan permisos militares para acceder a numerosos rincones, como el hermoso lago Tso Moriri? ¿por qué los soldados hindúes ignoran a los ladakhíes budistas y por qué ambos desprecian a los baltíes musulmanes a los que utilizan como porteadores cuando les faltan caballerías? ¿por qué el retrato del Dalai Lama está en todos los establecimientos junto a la bandera del Tíbet libre? ¿por qué el palacio real de Leh se parece tanto al Potala de Lasa?...

En el valle de Markha, Ladakh