DEL CILINDRO AL EIGER



Harrer, Kasparek, Heckmair y Vörg a su vuelta de la norte del Eiger (1938)

Bajo relajado de la cima del Perdido por la pedrera de la vía normal ahora que se ha ido la nieve de la Escupidera.
Veo a lo lejos el Vignemale que poco a poco va quedando oculto detrás de la mole rocosa del Cilindro de Marboré. Pese a que este invierno ha sido generoso en precipitaciones, el largo verano ha hecho su trabajo otra vez y el glaciar d´Ossoue sigue menguando irremediablemente año tras año. No me hace falta ver el glaciar norte del Perdido, me imagino cómo estará.
Veo ahora a mi altura los curiosos pliegues tumbados de la cara este del Cilindro y recuerdo una vieja historia. No la geológica, que esa sí que es vieja, sino la humana que conecta esta cumbre pirenaica con el Eiger alpino de la mano de Fritz Kasparek.

Hace ya más de ochenta años, solo algunos españoles subían a los Pirineos y lo hacían para pasar a Francia escapando del horror de aquel verano del 36. Sin embargo por el lado francés continuaba la actividad montañera como si tal cosa. Y no solo por parte de nuestros vecinos sino también por parte de alguno de los mejores escaladores centroeuropeos que caían por aquí.
Con ciertas similitudes con los tiempos actuales, en todo el continente corrían los vientos del totalitarismo y el nacionalismo insuflados por la Gran Depresión de los años treinta. El deporte no quedó al margen, como pudo verse en las Olimpiadas de Berlín, y el alpinismo también se convirtió en un arma propagandística.

Ese verano estuvieron en los Pirineos los austriacos Fritz Kasparek y Sepp Brunhuber. El primero era uno de los mejores escaladores de su tiempo, con numerosas primeras en Dolomitas (Civetta, Marmolada, Lavaredo). Cuando llegaron aquí hicieron la norte de la Pique Longue del Vignemale; creyendo que era una primera (resultó ser la 3ª), pero abrieron la variante conocida como “chimenea de los austriacos”.
Como tantos jóvenes en esos años de pobreza y frustración, deslumbrados por el populismo totalitario, entendían la escalada como una reafirmación de la superioridad racial o, al menos, como una muestra del impulso nacional de un pueblo. Así lo manifestaba Kasparek en su libro “Ein Bergsteiger” (El Escalador). Afiliado a las SS de su país, no sería de extrañar que en sus correrías por las montañas recabara información para los suyos. Otros lo hicieron antes que él (Saint-Saud es de los más conocidos) y todos al amparo del patriotismo; lo que no resta un ápice a sus hazañas deportivas.
Parece que buscaba montañas calizas distintas a los Dolomitas, seguramente pensando ya en esa gran escalada que nadie debía arrebatar a los alemanes: la cara norte del Eiger.
Desde el primer intento serio a esa vertiente en 1934 acumulaba una pésima fama y seis muertos, todos alemanes y austriacos. El Ogro era, por tanto el enemigo a batir.
En los Pirineos, Kasparek pasó también por el macizo del Monte Perdido y abrió dos vías en el Cilindro: de un lado, el evidente espolón N.O. y del otro, que ahora veo con sus características ondulaciones sobre el Lago Helado, la retorcida vía de la Gamba.


Cara este del Cilindro de Marboré con los pliegues de la Gamba sobre el lago Helado

Dos años después, en 1938, mientras la guerra aún desangraba nuestro país y Europa se preparaba para la suya, la cordada austriaca de Kasparek y Harrer y la alemana de Heckmair y Vörg unieron sus fuerzas y resolvieron el último “problema de los Alpes”, la Eigernorwand.
Era la hazaña que demandaba el Anschluss, la unión de Austria al III Reich en marzo de ese año en busca de la Gran Alemania. Hitler condecoró a los cuatro.
Kasparek decía en “El Escalador” (ed. 1939 y 1940): “Nunca olvidaré la cara norte del Eiger; Era, por así decirlo, el símbolo del destino alemán. Seis alpinistas alemanes habían perdido su vida. Y se nos había concedido culminar su gran sacrificio. (...) ¿Podríamos actuar de manera diferente como alemanes?”

Tras la guerra, en la tercera edición de 1951 este y otros pasajes exaltados habían desaparecido.
En 1954 Fritz Kasparek dirigió una expedición austriaca a los Andes. Fue barrido por una cornisa en el nevado Salcantay.

EL MONT BLANC, PRIMERO TAMBIÉN EN LA HISTORIA DE LA PINTURA

La pesca milagrosa, Konrad Witz. 1444. El Mont Blanc se intuye a lo lejos desde las orillas del lago Leman

Quienes sentimos pasión por las montañas guardamos en nuestra memoria el perfil inconfundible de muchas de ellas. Las conocemos y reconocemos porque las hemos subido en nuestras pequeñas excursiones o porque hemos soñado hacerlo en las grandes aventuras que otros corrieron por nosotros. Del Aneto donde nos hicimos montañeros al inalcanzable K2 de los ochomilistas, del Naranjo de nuestras pequeñas escaladas al Cerro Torre de los frikis patagónicos. Pero mirar, admirar y reconocer una alta montaña es algo que venimos haciendo desde hace más bien poco tiempo. Casi tan poco como subirlas o simplemente desear hacerlo.

Las civilizaciones ajenas a nuestra civilización occidental, siempre han mirado a las alturas con reverencia religiosa: al monte Kailash los hinduistas y budistas, al Uluru (Ayers Rock) los aborígenes australianos, al Kibo (Kilimanjaro) los chagga tanzanos, al Ausangate los incas, al monte Shasta los indios de California… También los antiguos griegos tenían su Olimpo poblado de dioses… hasta la llegada del cristianismo. 

Desde el siglo IV, la nueva religión obligó a todos a agachar la cabeza y los creyentes apartaron su mirada de unas cumbres pobladas por los dioses del paganismo. En la nueva religión verdadera, el nuevo y único Dios había bajado a la tierra llana para quedarse entre nosotros en las basílicas, las catedrales, las iglesias, las capillas, las ermitas. Desde entonces, las montañas inhóspitas quedaron reducidas a refugio de leyendas, monstruos y peligros que en nada las hacían atractivas. 

La pintura, único recurso gráfico, reflejó esta situación durante más de mil años, hasta que a principios del siglo XIV Giotto, un pintor adelantado a su tiempo (escuela de los primitivos italianos) incorporó los paisajes montañosos a sus frescos religiosos. En la Huida a Egipto las montañas están ahí como un fondo impuesto por el naturalismo hacia el que va la pintura, pero son montañas inventadas, de cartón-piedra, porque ni el artista se había fijado en ellas sobre el terreno ni esperaba que los espectadores hicieran otra cosa.

Serán los pintores centroeuropeos los más proclives a incorporar discretamente a sus cuadros paisajes montañosos verosímiles y lo harán un siglo después. Resulta difícil, perdidos entre la multitud de detalles minuciosos de los primitivos flamencos, prestar atención a la línea de montañas azules que se dibujan en el lejano horizonte tras la ventana de la Virgen del canciller Rolin de Van Eyck (1435)
. 
Estos paisajes de montañas, creíbles aunque inexistentes, seguirán como comparsas de los santos en los cuadros religiosos, de los dioses en los mitológicos, de los reyes en los retratos de corte hasta el siglo XIX, (con contadas excepciones geniales como el Guadarrama nevado de Velázquez en sus retratos de corte) (el príncipe Baltasar Carlos a caballo, 1635).

El Mont Blanc visto desde Sallanches en el ocaso (1802) del suizo Pierre Louis de la Rive (1753-1817), es el primer “retrato”, no solo fisonómico sino casi, podríamos decir, psicológico, de una montaña: Aunque el gran Turner lo resolvería mejor algo más tarde. Ya eran tiempos no sólo de pintar montañas sino de subirlas, pero esa es otra historia. 

Cuatro siglos antes, volviendo al arranque del Renacimiento, Konrad Witz, contemporáneo de Van Eyck, había mirado el Mont Blanc e intentó reproducirlo como era, aunque aún lo hiciera como fondo de un cuadro religioso: La pesca milagrosa. Óleo sobre tabla (134,6X153,2), 1444, Mº de Arte de Basilea (Suiza). 
Witz había llegado a Basilea en 1434 atraído por las oportunidades que para un artista suponía el cosmopolitismo por la apertura de un concilio de dicha ciudad suiza. Allí recibió el encargo de pintar un retablo dedicado a san Pedro para la catedral de Ginebra. Se conservan 12 tablas dispersas, una de las cuales es esta que nos interesa. 
La historia sagrada ambientada en el mar de Galilea es de sobra conocida. Pero resulta que en el cuadro ese lago de Palestina es el lago Leman de Suiza. La vista está tomada desde su orilla derecha, cerca de su desagüe en el río Ródano, en el lugar conocido como Les Pâquis, hoy en día justo enfrente del Jet d´Eau, el gran surtidor convertido en emblema de la ciudad de Ginebra. 
El entorno urbano ha cambiado sobremanera, pero el geológico no. Justo enfrente, en la otra orilla, destaca el perfil apiramidado de la Môle si bien un poco exagerado, a su izquierda los bosques de Voirons menos frondosos entonces que hoy y la derecha los escarpes de Le Petit Sàleve. Todo más apretado, para que quepa en la composición. 
Vamos a olvidarnos de la pesca milagrosa que hace que Pedro otra vez se vaya al agua al reconocer al Maestro. Si aguzamos la vista veremos aparecer al fondo, detrás de esta primera alineación, unas montañas nevadas entre las nubes. Aquí el pintor no afinó tanto, pero no pueden ser otras que las del macizo del Mont Blanc por su conocidísima vertiente norte. Es la primera vez que un paisaje de montaña es claramente identificable. 

En la realidad, la mayoría de los turistas que hoy pasean por esa orilla del lago admiran el chorro de agua que se proyecta a 140 metros de altura, pero es posible que no vean la lejana montaña envuelta en la neblina. Y si el día es despejado y se ve, no la reconocerán. Nosotros sí. 




LOS PRIMEROS PARQUES NACIONALES CUMPLEN CIEN AÑOS

PICOS DE EUROPA Y ORDESA-MONTE PERDIDO



El 22 de julio de 1918 nacía el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga o de Peña Santa con apenas 16.925 ha.








Pocos días después, el 16 de agosto, lo hacía el Parque Nacional de Ordesa o del río Ara (sic), más pequeño todavía, con solo 2.088 ha.















Unos años antes, en 1872, se había creado en EE.UU. el primero de todos, el parque nacional de Yelowstone. La verdad es que era un poco más grande, 899.100 ha. que es más que todo el País Vasco.
Los dos parques españoles fueron pioneros en Europa en la protección de espacios naturales gracias a la Ley de Parques que desde 1916 impulsaba su creación, lo que contrastaba con el ancestral atraso de nuestro país por aquellas fechas, y no solo en materia medioambiental.
Sin embargo, ciertos acontecimientos y personas excepcionales se conjugaron para que el resultado fuera posible.

El desastre del 98
Muy lejos de las montañas, en 1898, España perdió sus últimas colonias, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Un pesimismo inmovilista se abatió sobre el país incapaz desde hacía tiempo de seguir el ritmo del progreso. El dicho de Dumas de que “África empieza en los Pirineos” no iba muy descaminado.
Sin embargo, algunos intelectuales apostaron por sobreponerse, cambiar la mentalidad y renovar el país. El regeneracionismo quería poner en valor lo intrafronterizo frente al añorado imperio ya definitivamente perdido. Apostaba por impulsar la educación y porque ésta se basara en la observación directa de la naturaleza como gran maestra. Y, como sucede en épocas de crisis, las montañas se convirtieron en el paradigma de esa naturaleza, refugio de valores inmutables.
En palabras de Puig y Valls era necesaria una “reconquista de nuestras montañas abandonadas sin que cueste a la nación una sola lágrima ni una gota de sangre” (La Vanguardia, 1898).
En este clima cristalizó el montañismo organizado en España, desde el CEC al Club Alpino Español. Pero en el arranque de nuestra historia fueron montañeros franceses y un marqués cazador español los protagonistas. Sin olvidar, por supuesto, a los montañeses de Picos y Pirineos que les acompañaron indicándoles las sendas, proporcionándoles caballerías, cargando sus teodolitos y cámaras, aguantando sus desplantes de señoritos por unas magras monedas, que el hambre apretaba igual en Bulnes que en Torla.


Un conde espía
En 1890 el gran pirineista Jean Marie Hippolyte Aymar d´Arlot, conde de Saint-Saud (1853-1951), recorrió, estudió, cartografió y ascendió las principales cumbres de unas, hasta entonces, desconocidas montañas que los navegantes que se acercaban al continente por el Cantábrico llamaban Picos de Europa. Volvió en ocho ocasiones siguiendo instrucciones del servicio cartográfico del ejército francés.
Pero nos interesa más la pasión montañera que impulsó estos viajes. Le acompañaban su amigo Paul Labrouche y el guía François Bernard-Salles que había participado en la primera al couloir de Gaube en el Vignemale, una escalada que no era poca cosa. Y lo dicho, también los locales, el más conocido Gregorio Pérez de Caín, “el Cainejo”.
Suyas, y de los que le acompañaron, son las primeras a los techos de los tres macizos, Peña Santa del occidental, Torrecerredo del central y la Morra de Lechugales del Oriental. Y suyo el trabajo cartográfico que puso a estas montañas por primera vez en el mapa, nunca mejor dicho.
Como reconocimiento, en la cresta noreste de Torrecerredo se encuentran el risco Saint-Saud y la torre de Labrouche.
Sin embargo, el conde no se atrevió con el Naranjo de Bulnes “…una cima cuyo acceso parece prohibido a los hombres, porque también lo está para los rebecos”. El Cainejo le demostraría que no era así.

Un fotógrafo vividor
Lejos de allí, los Pirineos eran ya bien conocidos desde hacía un siglo, sobre todo en su vertiente norte; por los franceses por supuesto. El soleado sur poco importaba ni siquiera a los españoles.
Sin embargo, desde 1889 y hasta 1911, Lucien Henri César Briet (1860-1921), poco preocupado por las cumbres que ya habían sido holladas en su mayoría por compatriotas suyos, cargó con su pesada cámara y cruzó más allá del Monte Perdido realizando más de 1600 placas en cristal fotográfico en el Sobrarbe, desde el valle de  Ordesa hasta la sierra de Guara.
En 1913 publicó en Huesca “Bellezas del Alto Aragón” una definitiva contribución a la difusión de la idea de proteger aquellos espacios naturales, en especial el valle de Ordesa. Y muy especialmente el bucardo pirenaico que a duras penas sobrevivía allí. Él, montañero, fotógrafo, explorador, poeta, desertor y vividor que, casado a los 56 años, no fue capaz de proteger a su familia y murió poco después dejando en la ruina a su viuda y a su hija.
Ninguna cumbre lleva su nombre pero sí un colegio público de Zaragoza, que no es mal reconocimiento.
En el camino de Turieto que va de la pradera de Ordesa a Torla se levanta desde 1922 un monumento en su recuerdo. Reza la inscripción “A Luciano Briet, muerto el 4 de agosto de 1921, homenaje de gratitud y admiración al cantor del valle de Ordesa”.

Un político cazador
Pero todo lo anterior difícilmente hubiera cristalizado en nada sin la contribución de un político capaz y entusiasta, además de adinerado y bien relacionado. También jurista, escritor, deportista y cazador. Ese fue Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, marqués de Villaviciosa (1870-1941). Asturiano y patriota, por esto se lanzó en 1904 junto con el Cainejo a conquistar el inaccesible Picu. Sin duda sabía de las andanzas de Saint-Saud por los Picos y también sospecharía de su condición de espía al servicio de Francia.
“¿Qué idea me formaría de mí mismo y de mis compatriotas si un día llegara a mis oídos la noticia de que unos alpinistas extranjeros habían tremolado con sus personas la bandera de su patria sobre la cumbre virgen del Naranjo de Bulnes, en España, en Asturias y en mi cazadero favorito de robezos”.
Pero este hito, que dio fama al marqués y que fue el arranque del alpinismo de dificultad en España, es otra historia.
La que nos ocupa tiene que ver con su presencia en Madrid donde movió los hilos adecuados, primero como diputado en Cortes (1896-1910) y luego como senador vitalicio (1914-1923). En una visita a EE.UU. había visitado el parque de Yelowstone y decidió dedicar sus esfuerzos políticos a la conservación de los espacios naturales para la posteridad frente a las ambiciones del presente, pero empezando por los de su patria chica. Fruto de estos esfuerzos fue la promulgación de la Ley de Parques Nacionales de 1916.
El primero propuesto por el marqués, el de la Montaña de Covadonga, venía de perlas en el año 1918 para reforzar la idea de España al celebrarse ese año el decimosegundo centenario de la célebre y legendaria batalla. Por eso acudieron al acto inaugural en Cangas de Onís no solo Pedro Pidal, sino el gobierno y los mismísimos reyes. Todos buenos cazadores.
Días después, en Ordesa también estuvo el marqués, pero ya era poca cosa y solo asistieron autoridades regionales. Incluso el decreto parecía haberse hecho a toda prisa, los límites establecidos estaban poco claros y hasta se erró en el nombre: parque nacional de Ordesa o del río Ara, cuando es el Arazas.
Y como ya entonces se legislaba sin dotación económica, las indemnizaciones para los montañeses afectados llegaron tarde y mal, la prometida carretera hasta Biescas se demoró más de lo acordado, los guardaparques no cobraban su salario y el marqués pagó los atrasos, e incluso donó al ayuntamiento de Torla tresmil pesetas para arreglar los caminos. Y como “…un Santo Cristo con un par de pistolas, señor Ministro de Fomento, hace mayor maridaje que un Parque Nacional con un salto de agua…”  detuvo un proyecto hidrológico en el mismo río Arazas.

Primer equipo de guardas del parque nacional de la Montaña de Covadonga


Hasta 1954 no se creó ningún parque nuevo. Los dos primeros, que sólo recorrían pastores, cazadores, contrabandistas y algunos montañeros, al final crecieron en extensión y en visitantes.
El de Picos de Europa desde 2015 alcanza las 67.455 ha. que incluyen los tres macizos, Cornión, Urrieles y Ándara y recibe más de dos millones de visitas al año.
El de Ordesa-Monte Perdido desde 1982 llega a las 15.608 ha. añadiéndose al valle de Ordesa, el cañón de Añisclo, la garganta de Escuaín y el circo de Pineta, y lo visitan más de 600.000 personas.
Los quince parques nacionales de España suman a día de hoy 384.000 ha., ni la mitad del de Yelowstone.

UNAMUNO EN EL PICO SALVAGUARDIA


Hace cien años





En la plaza del ayuntamiento de Benasque destaca casa Faure por su tamaño y su torreón. De ella salieron durante todo el siglo XIX militares, juristas, políticos y clérigos de postín, como el que dio nombre a la calle del PSOE en Madrid, Valentín Ferraz, alcalde de la capital y presidente del consejo de ministros.


Un día de agosto de 1918 se alojó allí D. Miguel de Unamuno invitado por el también catedrático e hijo de la casa Vicente Ferraz Turmo. Ya había sido destituido como rector de la universidad de Salamanca y procesado por injurias al rey Alfonso XIII. 


Conocía los montes de su tierra, el país vasco, y también la sierra de Gredos y el Guadarrama, pero quería ver qué cordillera era esa que había mantenido a su país aislado de Europa y del progreso. Sin duda no esperaba encontrar semejante barrera montañosa entre España y Francia. 


Debieron ser de los primeros en acceder al valle en coche por la recién abierta carretera a través del congosto de Ventamillo. Su impresión sería la misma que tenemos hoy cualquiera de nosotros porque la carretera no ha variado un ápice su trazado por el desfiladero en estos cien años. Y sólo llegaba hasta Benasque.


Aún se hablaba en el pueblo de la muerte de su vecino José Sayó, dos años antes, cuando guiaba al alemán Adolf Blass hasta el Aneto. Los dos fulminados por un rayo en el Paso de Mahoma, cerca de la cima. De cómo su yerno, Antonio Abadías, se hizo cargo de la casa y del recién abierto refugio de la Renclusa al pie de los montes Malditos. D. Miguel, admirador del paisaje de montaña, no era montañero y no aspiraba a subir tan alto.


Acordaron guiar al intelectual al mejor mirador, el pico Salvaguardia. Algo que hoy se hace en una mañana desde los Llanos del Hospital, entonces, y para quién no era un gran andarín, suponía dos días de marcha. Un camino que desde siempre habían transitado los montañeses del valle, hasta el Hospital de Benasque, el Portillón de Benasque, el Hospice de France y Bagnêres de Luchon. Temporeros, pastores, cazadores, contrabandistas y últimamente algunos guías.


Descubrió así que la cordillera que separa ambos países, sin embargo había unido a los montañeses de ambas vertientes.


Salieron a caballo porque, afortunadamente para D. Miguel, el camino era de herradura.


“Dejaba a mi cabalgadura, riendas al cuello,  que fuese a su talante, ya que ella conocía el camino mejor que yo”.


Le llamó la atención el esfuerzo que requería a aquellas gentes sobrevivir en un entorno tan hostil y el poco interés que para ellos tenía la montaña salvo que de ella pudieran obtener algo que aliviara su existencia. Desde lo alto de su montura las veía doblegadas segar el centeno, ventearlo, trillarlo a látigo aquel día de finales de agosto.


“La montaña achica al hombre, porque se agazapa a vivir a su pie o en sus rinconadas y repliegues. Sólo se engrandece cuando pisa su cumbre. ¿Pero qué montañés gusta de subir a ella? El montañés no es hombre de las cumbres”.


El Hospital de Benasque a principios del s. XX
Desde su cumbre intelectual no parece que tuviera  gran consideración por aquellos hombrecillos de la montaña. Quizá por eso no se hospedó con ellos ni en el lóbrego Hospital ni en la cabaña de Cabellud que quedaban de camino. Dando un rodeo se acercaron hasta el nuevo refugio de la “Reseclusa (sic) a 2133 m. de altura” hecho a la medida para los burgueses turistas de montaña, franceses o catalanes,  a los pies del Aneto. De otros lugares de España llegaban pocos.


En la entrada del refugio, abierto dos años antes por iniciativa del Centre Excursionista de Catalunya, aún siguen grabados hoy en una lápida los versos del poeta catalán Cinto Verdaguer dedicados a la Malehida le parecieron a Unamuno “retóricos” y “pomposos”. Y ya entonces dejó constancia de las pretensiones del catalanismo sobre estas montañas aragonesas. 


“… los aragoneses, sin embargo protestan contra eso de que el Maladeta sea montaña catalana”.
 

Un siglo después TV3 incluye todavía el Aneto y el Vallibierna entre los picos “más emblemáticos de Cataluña”. Hoy como entonces


Al día siguiente, apenas amanecía cuando dejaron el refugio a caballo y, volviendo a la Besurta, tomaron el camino hacia el Portillón. Poco a poco, tras ellos, se desplegó el día sobre las cumbres más altas. 


“La aurora refrescó sus dedos de rosa en las eternas nieves del Maladeta, acariciándose en ellos. Se enrosaron también las nieves y empezó a bajar la luz del cielo”.


“Rhododáctylos”, la de los dedos de rosa como decía Homero. Debió dar con la bella metáfora a la vista de los campos de arbustos de flores rosadas (rododendros, también del griego) que jalonaban la senda de subida al Portillón de Benasque. 


Dejaron sus monturas en los pastos que rodean la cabaña de Cabellud, hoy desaparecida. Quizás el osco Francisco Cabellud no les diera ni un trago de vino. La Gran Guerra había hundido el turismo francés desde hacía cuatro años y el español, aún incipiente, lo estaba captando el nuevo refugio de la Renclusa de donde venían. Sin embargo seguro que no perdonó el peaje de 1 peseta que cobraba a todo aquel que subía a su montaña; para el mantenimiento de la senda, decía.


Desde aquí había que seguirla a pie. Unamuno, pese a sus 54 años, no debió resoplar mucho durante la hora escasa le quedaba hasta la cumbre. Cientos de turista ya habían subido a esta cumbre privilegiada antes. Y como hoy, ese día tampoco debieron estar solos.


Los glaciares, que ya habían empezado a menguar, aún cuadruplicaban entonces su superficie actual: el de la Maladeta y de Alba justo enfrente, el del Aneto más alejado, y más allá los de Barrancs, Tempestades y Salenques.


“Vimos de una mirada todo el Maladeta, como una inmensa pirámide, como un gigantesco diamante…”


Hoy ya no. Unos agonizan y otros ya han desaparecido.

 
Desde el puerto de la Picada, el pico de la Mina y, en el centro, el Salvguardia.
Entre ellos el Portillón de Benasque. Al fondo el Perdiguero. (Montaje fotográfico)


Pero sigue mereciendo la pena subir hasta aquí arriba y comprobar, como Unamuno hace ya cien años, que el Salvaguardia es el mejor mirador no solo sobre el Macizo de la Maladeta, sino también sobre las dos vertientes de la cordillera, tan distintas.


“Desde la cumbre del Salvaguardia (2.736 m.), encima del portillón de Benasque (2.450 m.), y teniendo a un lado el gigante Maladeta (3.308 m.), contemplábamos a nuestros pies la llanura de la dulce Francia bearnesa. Debajo de nosotros, casi a plomo, unas lagunas (lagos del Boum, hoy con un pequeño refugio guardado, ref. de Venasque, 2245 m.) a las que bordea el sendero que lleva de Benasque a Bañeras de Luchón más allá, tras unos macizos de arboleda, este pueblecillo veraniego, y más lejos, esfumada en el llano que se pierde y en lontananza se confunde, brumoso como el cielo del horizonte, Tarbes, la patria de Foch (militar francés héroe de la PGM. Unamuno fue claramente aliadófilo durante la guerra). Y todo ello tendido dulcemente, acariciador, blando y respirando neblina”.


“A otro lado la procesión solemne de los gigantes de los Pirineos (no sólo  Maladeta-Aneto, sino  Posets y  Perdiguero), la escuadra de las peladas cumbres. Y más acá, a nuestros pies también, las tierras ásperas y bravías del alma del Alto Aragón, el valle de Benasque.


“La vertiente francesa del Pirineo es más risueña, más cultivada, más civilizada (no cita el visible tren cremallera de Superbagnères que ya existía), pero mucho menos grandiosa que la española, aunque esta se halle más calva y despoblada”.




Nota: De esta curiosa visita de agosto de 1918 Unamuno publicó al año siguiente un artículo en el periódico La Nación titulado ”Al pie del Maladeta”. Unos años después, en 1922, lo incluirá en el libro “Andanzas y visiones españolas”