Cisne de hielo sucio desgajado del frente del glaciar Adela en la laguna Torre (El Chaltén, Patagonia)
“La vida es
el efecto acumulativo de un puñado de shocks, de eventos inesperados, de la
importancia de las bajas probabilidades de las cosas que se desarrollan sin que
las podamos predecir con facilidad”.
Nassim Nicolas Taleb, Teoría del Cisne Negro
Muchos puntitos multicolores
se mueven buscando un buen acomodo. Los que han sido más puntuales ocupan ya
sus asientos mientras los últimos en llegar deambulan arriba y abajo. Parece
que las puertas aún estén abiertas de par en par por la corriente que hay,
aunque la función va a empezar; o eso creen todos.
La orilla de la laguna hace
de platea y la ladera de la morrena que la cierra de anfiteatro. Nadie sabe
cuál es la mejor ubicación para el espectáculo, si abajo, algo a resguardo pero
a ras del agua, o arriba en posición más dominante pero a merced del viento.
Algunos, pocos, recorren su cresta camino del mirador Maestri porque les
importa un bledo el vendaval.
En la Patagonia argentina siempre
sopla de poniente, desde el Pacífico, a través del Hielo Continental, cubriendo
las montañas de nubes y azotando al personal con su cellisca. Por eso el traje
de etiqueta en este monumental teatro es goretex
y windstopper. Buena acústica pero
mala visibilidad.
La laguna Torre está gris y,
como aún no ha entrado el verano austral, llena de témpanos batidos por el
oleaje que los empuja hacia la orilla. Se desgajan del frente del glaciar Grande
que aún llega hasta el agua. Detrás de su lengua las montañas del cordón
Adela, meras figurantes, se intuyen entre los jirones de nubes. Pero de la
estrella protagonista, nada.
Todos esperan que comience
la función, para eso han venido desde el otro lado del mundo, pero puede que
hoy también se suspenda y se queden con las ganas. Matan el tiempo buscando un
sitio mejor entre las piedras sin demasiada convicción. De momento hay que
conformarse con los teloneros, el glaciar, la laguna y los témpanos.
A ratos el telón parece
levantarse y el público se anima. Hacen acto de presencia los actores
secundarios, aparece el Mocho con su campo de nieve cimero y parece una gran
cumbre. También la aguja Bífida. Después, entre la niebla se intuye por
encima suyo un perfil confuso con su hongo de nieve en lo más alto. Se parece al protagonista,
pero sólo es el cerro Standhardt .
Cae el telón una vez más,
hace frío y algunos se van marchando.
Al rato se levanta de nuevo
y vuelven a adivinarse otra vez, velados por las nubes, sobre su gigantesco
zócalo de granito. Y más arriba aún, se intuye hasta la torre Egger y la brecha
de la Conquista… pero del capirote blanco del Cerro Torre nada.
Vuelve a estar cada vez más
encapotado, sigue soplando un viento impenitente y empieza a nevar. Ya van
quedando pocos espectadores que, aburridos, imaginan formas en los bloques
flotantes de hielo: barcos fantasmas, focas sobre una boya, pagodas sumergidas,
cisnes en el estanque… uno es negro; nacido en el terroso glaciar Adela.
La esperada gran estrella
tampoco aparecerá hoy, pero lo inesperado ha resultado todavía mejor.
Mapa del recorrido de Fitz Roy por el río Santa Cruz (1834) en busca de sus fuentes en la cordillera de los Andes
Si
puedo siempre elijo ventanilla, evitando el ala por supuesto. Y también el lado
si intuyo la dirección del aterrizaje.
No
entiendo por qué los pasajeros de un avión, en especial cuando ya vuela bajo en
la maniobra de aproximación previa al aterrizaje, no están todos con la nariz
pegada al cristal, mirando el destino al que se aproximan desde un punto de
vista que no volverán a tener cuando pongan pie a tierra: el del pájaro. Esa
visión de conjunto que solo dan los mapas y que por eso me gustan tanto. Google Earth también.
He
escogido el lado derecho en el vuelo de Buenos Aires a El Calafate en la
Patagonia. El aeropuerto está cerca de donde desagua el lago Argentino, en su
orilla sur que queda a mi derecha porque se aterriza contra el viento que aquí
siempre viene del oeste, de la cordillera.
Ha
empezado a descender al poco de sobrevolar los pozos de petróleo de Comodoro
Rivadavia, aún en la costa atlántica. Ha ido virando poco a poco internándose
en la meseta patagónica, más accidentada de lo esperado, cruzada de cárcavas y
barrancos, árida pese a que algún río la atraviesa. Después ha ido apareciendo
la cordillera, una línea blanca más y más dentada de punta a punta del
horizonte.
Veo
el caudaloso río Santa Cruz que da nombre a la provincia serpentear en busca del
Atlántico y, aunque lejano, identifico el colmillo del Fitz Roy sobresaliendo
tres mil metros sobre la llanura. Y entre ellos las gigantescas cubetas
glaciares ocupadas hoy por los gigantescos lagos Argentino y Viedma.
Hoy
puedo reconocer todo esto con solo mirar por la ventanilla porque lo he visto
antes en cientos de fotos y documentales, porque es uno de los paisajes más
conocidos del mundo para los amantes de los viajes y de las montañas, porque ha
sido desde hace mucho el escenario de mis sueños, imposibles hasta hace bien
poco.
No
era así en 1834 cuando el bergantín Beagle,
en viaje alrededor del mundo, recaló en el estuario del río Santa Cruz.
Precisaba de reparaciones en el casco y las mareas del lugar, de hasta nueve metros,
permitieron vararlo fácilmente para la tarea. Desde que tres siglos antes
Magallanes llegara por primera vez a ese mismo lugar nada se sabía aún de lo
que había tierra adentro. Sin embargo, el comandante Robert Fitz Roy, hombre
ilustrado además de marino, observó que las aguas del río tenían un color
lechoso celeste probablemente por los sedimentos de origen glaciar que
transportaba el río. Pensó que podría nacer en una gran cuenca lacustre al pie
de las montañas.
El
avión ha entrado en esa zona desde el noreste. Sobrevuela la estepa y se acerca
al lago Viedma donde los témpanos glaciares aún navegan en este final de
primavera empujados por los vientos que bajan desde el Hielo Continental Sur. Puedo
ver el río La Leona por el que conecta con el cercano lago Argentino. Y, ya
próximo a tomar tierra, sobrevuelo el desagüe del lago donde, ya caudaloso,
nace el río Santa Cruz. Lo que sospechaba Fitz Roy y quiso comprobar.
Tres
botes y una veintena de hombres, Darwin entre ellos, remontaron durante diecinueve
días el curso de agua buscando sus fuentes. Los numerosos meandros, la fuerte corriente
y el viento en contra forzaron a los expedicionarios a arrastrar los botes y
finalmente abandonarlos para continuar a pie.
Darwin
escribió en su diario: “La maldición de
la esterilidad pesa sobre esta tierra”. Pese al importante caudal del río
sus orillas no albergaban la vegetación que cabría esperar, como sí sucede en
el Nilo. Pronto constató el joven naturalista que las escasísimas
precipitaciones (menos de 200 mm. anuales, como en el Sahara) y el impenitente
viento seco que descendía de la cordillera (como el foehn en los Alpes) apenas daban para configurar una estepa de
coirón donde sobrevivían algunas tropillas de guanacos, que no dejan de ser una
especie de camellos americanos. Si a esto añadimos el suelo arenoso y pedregoso
de la Patagonia, el agua abundante del río resultaba en todo su curso tan
inútil como “la sopa que se come con
tenedor”.
El
4 de mayo, ya avanzado el otoño austral, alcanzaron el punto más occidental de
su viaje y lo llamaron “Western Station”.
Darwin escribió: “Desde las alturas
saludamos con alegría los picos nevados de la cordillera”. Pero de los
lagos ni rastro.
Escaseaban
los víveres y Fitz Roy decidió dar la vuelta. A la gran llanura que aún les
separaba de las montañas la llamó “Planicie
de la Desolación”, sin sospechar que allí mismo, a unas horas de camino y
aunque no pudiera verlos, estaban los esperados lagos. Recuperaron los botes y
tres días después, a favor de la corriente y del viento, habían regresado todos
al Beagle.
Chaltén, la montaña humeante
Por
fin despego la nariz de la ventanilla y el vuelo AR1870 de Aerolíneas toma tierra
a orillas del lago que Francisco Pascasio Moreno llamó Argentino cuando lo
navegó por primera vez en 1876 después de completar el viaje fluvial del
almirante. A la gran montaña que los indios tehuelches hacía mucho que llamaban
Chaltén (montaña humeante) y que se
perfila a lo lejos desde “Western Station”
la rebautizó en su honor como volcán Fitz Roy aunque no lo es. No
llegó a ver el famoso glaciar que alimenta el lago y que hoy lleva su nombre,
Perito Moreno.
¡Uf!
Mañana habrá que sumarse a las multitudes e ir. Es inevitable pero
imprescindible.
El largo camino de la
pintura hasta la alta montaña
Seracs del glaciar inferior de Grindewald, con el río Lütschine y el Mettenberg. Caspar Wolf, 1775
Desde
antiguo las altas montañas han sido el refugio destinado a los dioses que, de habitar
en lugares más accesibles, pronto se hubieran desvelado como inexistentes. El
mito precisa de esa distancia para mantener su condición.
Los
ejemplos son numerosos en todos los continentes: el Kilimanjaro (volcán de Tanzania, 5895 m.), Ngane Ngai (casa de Dios) para los masai, el Ausangate, (Andes del Perú, 6372 m.) uno de los más importantes apus (dios de la montaña) para los
incas, el Kailash (Himalaya tibetano,
6714 m.) todavía inviolado, montaña sagrada para tres religiones: hinduismo,
budismo y bon, el Sinaí de judíos y
cristianos (Egipto, 2285 m.), los árabes lo llaman djebel Mussa (la montaña de Moisés), donde Dios (o Yahvé o Alá) le
entregó las tablas de la Ley, el Olimpo
(Balcanes de Grecia, 2929 m.), morada de todos los dioses de la antigüedad encabezados
por Zeus.
Desde
el origen de los tiempos estas alturas sagradas y otras muchas tuvieron vedado
su acceso, rodeadas como estaban de supuestos peligros y reales prohibiciones.
También su representación en las artes plásticas figurativas fue muy limitada,
si no inexistente, lo que era otra forma de acentuar su distancia, su inaccesibilidad
y su misterio.
Parte superior de la estela de Naram-Sin
Es
una auténtica excepción la primera montaña en el relieve de la estela de Naram-Sin (2250 a.C. Mº del
Louvre) en la que aparece este rey acadio, vencedor de los lullubitas (pueblo
de los montes Zagros) casi en su cima sobre la que brillan dos divinidades
astrales. Es un pico de cima redondeada que, más que reproducir siquiera el
perfil idealizado de una montaña, adopta esa forma para adaptarse al marco
impuesto por el remate del bloque de arenisca en que se ha labrado. Se trata de
una escultura, sí, pero su carácter de bajorrelieve y su más que probable
policromía original hay desaparecida lo avalan como referencia.
Y
nada más durante milenios. Las figuras humanas y de animales fueron rellenando
paneles de pinturas y relieves sobre fondos sin paisajes, monócromos y planos,
porque colocar uno no sólo introducía lo accesorio en una escena de contenido
sacro frivolizándola, sino que planteaba graves problemas técnicos para
representar la tercera dimensión, profundidad, al tener que situarlo “detrás”
en un soporte que sólo tiene dos, alto y ancho. Así no encontramos nada que
podamos llamar paisaje, y menos de montaña, en los relieves de caza asirios, en
las pinturas murales de ultratumba egipcias, en los dioses y héroes de la
cerámica pintada griega, en los mosaicos de las villas romanas y de las
iglesias bizantinas, en los frescos y frontales de los monasterios románicos,
en las vidrieras y retablos de las catedrales góticas.
Y
en esto hemos llegado a la Baja Edad Media desde las primeras pinturas
paleolíticas.
Es
entonces, prácticamente ayer, cuando todo cambia de la mano del genial Giotto di Bondone (Primitivo Italiano
del s. XIV). Adelantándose un siglo al gótico que se resiste a morir, este
pintor abrió en Italia el camino al Quattrocento
renacentista con sus pesadas y dramáticas figuras cargadas de realismo situadas
en un paisaje tan real como ellas y a veces montañoso. Pero esas montañas no
dejaban de ser un complemento acartonado del tema religioso protagonista
(episodios de la vida de Cristo o de san Francisco de Asís) plasmadas con
realismo y volumen sí, pero sin el menor asomo de observación del modelo. Un
árbol representaba un bosque y una roca una montaña Así pintó a la Sagrada
Familia en la Huída a Egipto,
transitando sobre una repisa rocosa por delante de dos formaciones montañosas
totalmente mentales. En algunos otros paneles de la capilla Scrovegni de Padua
(1306), Giotto utilizó este mismo recurso primitivo (la Natividad). Ya lo había ensayado antes en los frescos de la
basílica de Asís (Milagro de la Primavera,
1299).
Huida a Egipto. Giotto, 1306
Al
llegar el Renacimiento primero a Italia (s. XV), Andrea Mantegna, La oración
en el huerto, 1455)) y luego, muerto el gótico, al resto de Europa, pocas
cosas cambiarán. El nuevo sentido racionalista, la búsqueda de unidad y
síntesis en la obra de arte y el idealizado antropocentrismo apenas dieron
oportunidades a la plasmación de montañas poco “pintorescas” (dignas de ser
pintadas) por inmóviles, ásperas, lejanas e inhóspitas. Prescindibles. Pero las
pocas veces que aparecen, ya son montañas de verdad y no mentales. Unas existen
realmente, como los pináculos dolomíticos de la Virgen de la Rocas de Leonardo
(1486) y otras, aunque no, son perfectamente posibles, como los picachos
nevados de los Cazadores en la nieve
de P. Brueghel el Viejo (1565).
Pero
si esta etapa contenida y racional se posicionó negativamente frente al
espectáculo de las montañas, el barroco (siglos XVII y XVIII) desbordante y
sensorial lo hará definitivamente suyo. Ya algunos pintores adelantados, los
manieristas, lo habían intuido unos años antes, (el monte Sinaí de El Greco
en su etapa romana, 1572).
El
nuevo estilo incorporó nuevos temas al pomposo repertorio clásico de religión,
mitología y retrato. Ya antes naturalezas muertas, escenas de costumbres y los fondos
paisajísticos aparecían como elementos secundarios. Pero en el barroco
adquirieron protagonismo: había nacido la pintura de género, el bodegón y el
paisaje. Pero dentro de este último, la montaña se resistía. Se prefería el paisaje
urbano donde se vive (vistas de ciudades), su entorno donde se cultivan los
campos (paisajes bucólicos) junto a los ríos (fluviales), los bosques donde se
caza (pintura cinegética), el mar por donde se navega y se pesca (marinas); el
paisaje habitado y productivo, en definitiva hospitalario. De montaña poco.
Sólo
una escuela considerada menor y cuyo entorno habitado y hospitalario era, por
naturaleza, montañoso, dio a la montaña un carácter protagonista dentro del
nuevo género. Pero además, y por primera vez, lo hará con el carácter de un
“retrato”: no se pinta una montaña inventada como hicieron los pintores
góticos, tampoco la montaña idealizada de los renacentistas; es “esa montaña”,
reconocible como el personaje de un buen retrato fisonómico. Y todo lo que de
terrible y repulsivo ha tenido el paisaje montañoso hasta ahora se vuelve sutil
y atractivo.
En
este final del camino, ya avanzado el siglo XVIII, nuestros pintores
protagonistas son Johann Ludwig Aberli
(1723-1786), el pionero, y sobre todo Caspar
Wolf (1735-1783). Cualquiera que haya visitado los Alpes berneses
identificará la Cascada Staubaach en
el valle de Lauterbrunnen grabada por el primero (1768) y pintada al óleo por
el segundo (1777). De este último son perfectamente reconocibles sus paisajes
glaciares con el manifiesto retroceso de los hielos desde entonces: Grindelwald (1774) o El glaciar del Ródano (1778).
Por
esas fechas algo estaba cambiando en la percepción que el hombre tenía de las
montañas. Y no sólo entre quienes las tenían como modelos para sus cuadros.
Balmat en 1860 había ofrecido una recompensa de 20 táleros a quién encontrara
un camino de acceso al Mont Blanc. En 1786, recién desaparecidos los pintores
anteriores, Balmat y Paccard alcanzaron la cumbre. Científicos y guías locales
hicieron nacer entonces el alpinismo en el ambiente favorable de la Ilustración.
Pero al mismo tiempo, el racionalismo neoclásico de nuevo se presentó como un
lastre para estos artistas que pintaron sus montañas desde el valle porque “la
inmensidad del espectáculo aplasta o desconcierta el sentido de la proporción
pictórica… la voluntad personal queda paralizada, todo deseo de invención se
destruye…” (H. Delaborde). Nunca fueron considerados pintores de primera línea.
El Mont Blanc visto desde Sallanches a la puesta del sol. P. L. de la Rive, 1802. Mº de Ginebra
Pero
justo aquí, tomó el relevo otro artista que, adelantándose al romanticismo,
rompió con esos temores y, como el primero de los pintores-deportistas, remontó
laderas, cruzó collados, se aproximó a las cumbres, conoció la montaña de cerca
y pudo así captar “su espíritu”: Pierre
Louis de la Rive (1753-1817), también suizo, pintó el primer retrato, no
solo fisonómico sino casi podríamos decir psicológico, de una montaña: el Mont Blanc visto desde Sallanches en el
ocaso (1802). Por primera vez la visión de un cuadro de montaña nos transmite
la misma emoción que sentimos al escalarla. Tampoco ha sido considerado un gran
pintor, pero por fin el camino a la pintura de montaña (Bergsteigermaler) ya estaba abierto, y otros pintores-alpinistas lo
recorrerán, desde Whymper a Platz, Samibel o Montoro.
Desde que se escalan, las
vírgenes han sido las más apetecidas. Ya no quedan muchas. Ahora se buscan
nuevas vías, lo que tiene poco que ver con aquel primer y torpe fornicio y más
con el refinamiento del arte amatorio. Algo hemos avanzado.
No
voy a marear la perdiz con disquisiciones semánticas sobre la montaña o el monte. Me centraré en lo puramente formal y por tanto tangible.
Para
quienes subimos montañas hay dos perfiles que representan las mejores síntesis
de nuestros objetivos y que quienes no las suben dibujarían del mismo modo
porque forman parte de nuestra memoria colectiva:
Una
sucesión de dientes de sierra, que resume cualquier alineación montañosa y que
muchas veces lleva ese mismo nombre: Sierra Nevada, Sierra de Gredos,
Montserrat (por aquello de contentar a todos).
Un
cono aislado que enseguida sugiere la fisonomía de cualquier volcán: por
ejemplo el del Teide (máxima altura de España –o del estado-).
Personalmente
tengo una especial predilección por los volcanes. Sin pretenderlo, y ahora que
lo pienso, he subido a muchos en lugares muy remotos, desde el volcán Pico en
Azores en mitad del océano al Bertrand en la puna andina de Atacama.
Quiero
pensar que es porque, mejor que los picos cordilleranos, los volcanes
representan en su aislamiento, el señorío sobre las bajas tierras del entorno:
tienen buenas vistas; no deben compartir protagonismo con otros similares y
próximos que, cuando menos, entorpecen la visión.
Sin
embargo, dice mi psicoanalista que es porque, frente al pico prominente, sólido
y evidentemente fálico, el volcán, en la vacuidad magmática de su cráter
representa en mi subconsciente la conexión vaginal con las entrañas de la
Tierra.
Por
mi experiencia debería matizar este diagnóstico.
La
ascensión de los volcanes suele hacerse sobre pendientes de derrubios en el
límite del equilibrio, que con notable esfuerzo nos llevan hasta el borde del
cráter para comprobar que la cumbre, o máxima altura, está justo al otro lado.
Lo que no es muy problemático si se trata de un volcanito como el redundante Vulcano
(islas Eolias, Sicilia) pero que puede comerte la moral si es una caldera de
muchos kilómetros como la del lnca Pillo en el macizo del Pissis (Andes
argentinos). En cualquier caso, la gran oquedad puede que sugiera lo que mi
terapeuta pretende.
Y
hay volcanes que no la tienen. Y frecuentemente es así porque, en su gran
altura, se cubren con un casquete glaciar que oculta púdicamente su desnudez.
En estos casos uno llega arriba y, con frecuencia, la sorpresa es grande porque
no sabe a dónde ir para alcanzar la cumbre, porque toda ella es más grande y
llana que un campo de futbol. Pasa en el bíblico Ararat donde aún se busca el
Arca entre los hielos de su cima, en el Snaefells de Viaje al Centro de la
Tierra que tiene su boca taponada y Verne no lo sabía, y en el boliviano Sajama donde se ha llegado a disputar un partido de
fútbol de altura. En todo caso, este blanco velo no haría sino añadir un toque
de recato al femenino volcán.
Pero
hay más, le he dicho a mi loquero, -lo que lejos de aclarar mis motivos para
subir volcanes los complica- hay algunos volcanes que se han transmutado de
vaginas en penes enhiestos, erectos. La mayoría de las veces, cuando los
subimos ni nos damos cuenta de ello, lo que requiere una explicación para que
lo que se haga sea con conocimiento de causa:
El
vulcanismo se remonta a tiempos geológicos muy remotos. Fue muy activo en la
orogenia Herciniana hace unos 300 millones de años y por ello muchos de sus
volcanes han sido arrumbados por la posterior orogenia Alpina. Pero algunos no
sólo han resistido sino que han sido levantados sobre nuevas cordilleras. Pero al
tiempo que la erosión desmantelaba su característico cono volcánico, quedaba el
magma solidificado de su chimenea volcánica al aire como un gran pitón rocoso
proyectado al cielo pidiendo escálame.
Han
sido necesarios millones de años, pero al final ha terminado pasando, han
cambiado de sexo. Es el caso del atractivo monte Kenia, la segunda altura de
África, del más modesto Siroua en el Anti Atlas a las puertas del Sáhara, y de nuestro
conocido Pic Midi d´Ossau en los Pirineos centrales.
¿Cómo
distinguir estas agujas, que no lo son y que son volcanes, aunque no lo
parecen? ¿Cómo saber que estás sobre un volcán transexual? Por el tacto. Sí,
por las duras rocas ígneas que los configuran: las riolitas, los basaltos.
El Midi desde los ibones de Anayet
El
pasado fin de semana, antes de que comenzaran a caer las primeras nieves en el
Pirineo y estas sutilezas geológicas queden temporalmente ocultas, subí al pico
Anayet. Sólo tiene 2.574 m. de altura, algo menos que su vecino el Midi, pero
como éste esbelto y de andesita, otra roca volcánica. Casi un centenar de
personas subimos ese día a la cumbre. La inmensa mayoría desconocían la identidad
sexual de esta montaña.
Sí,
me gusta subir volcanes; será por su componente sexual aunque éste sea
equívoco. Por eso en una semana más marcho a la Patagonia, en pleno Cinturón de
Fuego del Pacífico, donde los Andes están salpicados de volcanes. El Lanín
merecerá la pena y yo sé a qué categoría pertenece.
En la cámara sepulcral del dolmen de La Cabaña (Sargentes de Lora, Burgos)
El páramo de la Lora ha sido un descubrimiento. Situado a más de mil metros de altura, cuando se alcanza desde Valderredible aparece por sorpresa como una Patagonia en miniatura. Árido, frío y ventoso.
Sorprende pasar, tras la dura pista que remonta el talud de la meseta, desde San Martín de Elines en la feraz ribera del Alto Ebro, verde y románica, al páramo desolado; el de las cornudas vacas hambrientas que buscan el último brote de hierba, el de los dólmenes de corredor neolíticos que nadie visita, el de los ancestrales pozos de petróleo que aún bombean un crudo escaso y malo, el de los pueblos moribundos o ya muertos como Lorilla, el de los campos de aerogeneradores como girasoles lunares.
Todo esto fuimos descubriendo en nuestra apacible jornada en BTT del arranque del otoño encontrada en Wikiloc: camino del Ebro y la Lora. (http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=3531806)
Pero de repente ¡zas! En toda la boca. Se acabó la prosa poética.
¡No podía ser!:
Una alambrada nos separaba de lo que, a primera vista, parecía una carretera llana, recta y ancha, muy ancha. Había aparecido de repente y, tras cientos de metros terminaba de la misma manera.
¡Otro más, no!
La misma alambrada, también cerraba el otro lado de la pista y algunos edificios de madera, uno en forma de torre, nos resultaban familiares.
¡Y también abandonado!
Pero encima, de éste nadie sabía nada.
Pista del aeródromo de Valderredible entre los aerogeneradores
(foto Pamanius)
Después hemos averiguado que el aeródromo fantasma de la Lora se construyó en esta esquina de Cantabria el año 2006 por el gobierno regional en pleno boom político-ladrillero. Sin pretensiones, para aviones pequeños. Millón y medio de euros. Pero por las mismas fechas, unos metros más al sur, el gobierno Castilla-León autorizó un campo eólico, en pleno auge de las renovables… Al solicitarse la correspondiente licencia a Aviación Civil se denegó porque los aerogeneradores están tan próximos que interfieren con la pista de aterrizaje. También interfieren ambos con el Observatorio Astronómico que estaba allí antes.
Nunca ha aterrizado un avión. Alguien pensó en usarlo de base para helicópteros contra incendios, pero de casi todos es sabido que estos aparatos tienen la singularidad de posarse en cualquier parte. Finalmente otro ha tenido la ocurrencia de usarlo para drones.